miércoles 18 de noviembre de 2009

Blog para mirar


Este es el blog de la Dirección General de Archivos, Bibliotecas y Museos de la Secretaría Nacional de Cultura, donde estoy trabajando en el área de comunicación. Si quieren pueden dar una vuelta y me dicen.

http://archivosbibliotecasmuseospy.wordpress.com/

Una carta para mi amiga Cynthia

En estos días le envié a mi amiga Cyhthia Lopes, quien vive en Rio de Janeiro, Brasil, una carta que le venía debiendo de hace un tiempo. Me concedió el honor de subirla a uno de sus blogs.
Cynthia es escritora y trabaja para el Instituto del Patrimonio Histórico y Artístico Nacional, de Brasil. Estuvo en Asunción en agosto pasado para apoyar las jornadas de trabajo del Plan de Gestión del Archivo Nacional de Asunción. Y se quedó su amistad.

segunda-feira, 16 de novembro de 2009
Él Paraguay - por Arturo Peña



A manera de introducción

Se lo debía de hace rato. Mi querida amiga Cynthia me había pedido unas líneas para acompañar las lindas fotos que hizo durante su paso por Asunción, ocasión en que tuve el placer de conocerla. Y luego conocer también sus poemas, que son una extensión de ella. Y bueno, aquí están: humildes, quizás pocas para explicar este universo de poco más de 400 mil kilómetros cuadrados que es el Paraguay, pero líneas al final que llevan todo mi afecto (quizás esto les de también una pequeña muestra de esa particular relación que tenemos los paraguayos con el tiempo… Por ejemplo, cuando te digo: “mañana”, puede ser cualquier mañana… pero finalmente amanece).

Historias de una misma sangre

Cuenta la leyenda que del gran diluvio universal del que había anunciado el profeta Tamandare, solo sobrevivió una familia, a la que le fue asignada por Tupa (Dios) la misión de repoblar la Tierra. De esta familia de indígenas carios nacieron los hermanos Tupi y Guarani. Los hermanos crecieron fuertes en las inmensas selvas americanas, cultivando la tierra, cazando y protegiendo el paraíso natural que les rodeaba. Tuvieron sus esposas e hijos y compartieron el hogar.
Sin embargo, debido a disputas entre sus familias, pactaron separarse. Fue así que Guarani se dirigió hacia las tierras del sur, dando origen a los Pueblos que conocemos como los Guaraníes en Paraguay, noroeste de la Argentina y sur de Brasil. Mientras que Tupi llevó a su familia a poblar los territorios que hoy corresponden al Brasil y hacia el norte del continente. Así, según la leyenda, nacieron las dos familias carias más importantes de esta parte del continente, razas libres, fuertes e independientes, que dominaron el territorio hasta la llegada de los españoles.
Es por ello que lo que pueda contar de mi país es en realidad parte una misma historia, de una misma sangre que corre por nuestras venas, esas “venas abiertas” de Eduardo Galeano, que nos recorren de norte a sur y de este a oeste.
En Paraguay, nuestra sangre guaraní está muy presente, en el cotidiano, cuando subimos al bus para ir al trabajo, cuando salimos a comer algo, en el hogar. Está presente en nuestra forma de ver la vida, el día a día. Porque está presente en nuestra palabra.
El idioma guarani –lengua oficial del Paraguay junto con el español- es una de las grandes riquezas de nuestro pueblo. Es el cable de conexión con nuestros antepasados y es nuestra identidad hoy. Hablado de forma más pura y por la gran mayoría de la población en las zonas rurales, el guarani, en su forma urbana, se lo conoce como “jopara” (que significa: mezcla, en guarani), que es una fusión de una base hablada en guarani con vocablos en español insertados, sin una regla aparente. Por ejemplo: Jaha estadiope (Vamos al estadio: donde a la palabra estadio se le agrega la terminación “pe”, que vendría a cumplir una función de especie de adverbio de lugar).
El jopara se escucha en todas las esquinas, en las rondas de encuentro, donde tampoco falta el “terere”, una infusión de yerba mate con agua fría –sería un chimarrão con agua fría-, bebida muy tradicional del Paraguay, que tendría que ser, a mi criterio, incluido entre los símbolos nacionales, por lo menos. El terere en el Paraguay es casi vital. La utilización de la yerba, heredada de nuestros padres guaranies, es un verdadero aliciente en la época estival debido a las altas temperaturas y acompaña al paraguayo vaya a donde vaya, al estadio para ver un partido de fútbol o al trabajo (en momentos que se escriben estas líneas tenemos 34 grados de temperatura, en pleno noviembre. Obviamente, tengo mi terere aquí al lado…).
Si recorremos la historia del Paraguay, vemos que es una historia de sacrificio, como toda la historia latinoamericana. Es la vida de un pueblo que sigue cicatrizando hasta hoy, debido a que se sigue dañando sobre sus viejas heridas.
La Guerra de la Triple Alianza (1865-1870) marcó a fuego nuestra historia. El conflicto, al que el escritor brasilero José Luis Chiavenato bautizó como el “genocidio americano”, enfrentó al Paraguay contra los ejércitos unidos de Argentina, Brasil y Uruguay, en una guerra sangrienta. Los grandes intereses del capital internacional llevaron a estas naciones hermanas a la confrontación, dejando para el Paraguay un saldo devastador, con el exterminio de casi toda la población, el robo de su territorio anexado por Brasil y Argentina, y la pérdida de su soberanía. Un país en ruinas. Una nación truncada. Y una nueva historia que se abría hacia un futuro incierto. De esta guerra se desprenden los grandes latifundios de tierras, vendidas por migajas para pagar los costos de la guerra, adquiridas por empresas y terratenientes extranjeros. La injusta distribución de la tierra sigue constituyendo hoy uno de los principales problemas sociales y económicos en el país.
Hoy el Paraguay trata de levantarse de otro periodo nefasto de su historia: la dictadura militar del general Alfredo Strossner, quien mantuvo al pueblo oprimido bajo un régimen de 35 años, que dejó centenares de muertos, desaparecidos y torturados, y sentó las bases para que su partido político, el partido Colorado, continuara en el gobierno por casi treinta años más.
Seis décadas de gobierno Colorado cayeron el pasado año, con la elección como presidente del Paraguay de Fernando Lugo, un ex obispo de la iglesia católica, hombre con un pasado de lucha social en una de las zonas más pobres del país, el departamento de San Pedro, quien surgió como una alternativa para una población harta de la corrupción política.
Los nuevos tiempos no vienen fáciles. Lugo está en la complicada misión de pelear, sin un respaldo político sólido, contra la estructura colorada, ahora en la oposición, que sigue activa a pesar de no ser gobierno y que ha puesto en marcha la maquinaria de la desestabilización. Hoy, la discusión política gira en torno a un intento de juicio político al presidente Lugo impulsado desde el Congreso. Un escenario de inseguridad social creado y alimentado por los medios de comunicación en manos de la derecha, ante el temor al perfil socialista del nuevo mandatario.
Augusto Roa Bastos, nuestra figura literaria más importante, definió al Paraguay como “isla sin mar”. Ciertamente, nuestra condición de país mediterráneo nos hace una especie de país para adentro. Poco se sabe quizás de lo que está pasando dentro de estas fronteras, pero no les miento si les digo que el futuro de una nueva historia latinoamericana, una nueva era que aspire a la justicia social y la igualdad, se puede estar jugando en parte aquí.
El terere se va acabando con estas líneas, que tratan de contar brevemente –y si me extendí más de la cuenta, mis disculpas- algo sobre mi país.
Otra de las características de nuestra gente es su hospitalidad, que espero la hayan podido sentir aquellas personas que ya nos visitaron. Por ello, entonces, les invito a cordialmente a que se vengan cuando quieran.
Tienen una casa en Paraguay.

Para ver el blog de Cynthia, entrar a:
http://opiniaoeatitude.blogspot.com/

sábado 17 de octubre de 2009

Alucinaciones


Un hombre sediento iba caminando penosamente sobre la caliente arena de un desierto. En un momento tuvo una alucinación. A lo lejos vio un oasis de aguas claras y frescas. Se acercó a rastras y al llegar a lugar de su visión, sació su sed imaginariamente. Se refrescó. Descansó. Siguió caminando hasta su próxima alucinación.

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Al llegar a un punto del sendero, el caminante se dio cuenta de que había perdido el rumbo de su camino. Siguió caminando ladera abajo, luego una recta, luego un camino empinado. Tras horas de caminar, volvió a encontrarse en el mismo punto donde se había dado cuenta que perdió el rumbo. Se sintió aliviado.

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Se levantó esa mañana de tal mal humor que la luz de ese hermoso día lo irritó de sobremanera. De un movimiento brusco cerró las cortinas de la ventana y pasó varias horas a oscuras, pensando en que el mundo podía explotar allí afuera sin importarle. Con las horas, su humor fue atenuándose. Se sintió algo solo y sofocado, así que decidió abrir nuevamente las cortinas. Afuera había una oscuridad inmensa. Las cortinas se habían tragado toda la luz. Durmió con las cortinas abiertas esa noche, pero nunca más volvió a amanecer.

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Dos mujeres iban caminando por una vereda hablando efusivamente mal de otra persona. Más adelante, otra pareja, en la misma vereda, iba también hablando mal de otra persona. La persona de la que las dos mujeres hablaban mal, iba caminando por una calle de la ciudad, acompañada de otra persona, hablando mal de una de las dos mujeres. La persona de la que hablaba mal la segunda pareja estaba sola, caminando rumbo a su casa, pensando en las ganas que tenía de hablar mal de otra persona, que la pareja no conocía. Las dos mujeres que iban caminando por la vereda llegaron a una esquina donde cada una tomó su rumbo. Una vivía sola. La otra llegó a su casa y comenzó a hablar mal con su marido de la mujer de la que se había despedido.

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La pareja de amantes vivió días intensos de placer sexual durante un largo periodo. Para no dejar que muriera la pasión, cada uno comenzó a imaginar que el otro era otra persona en cada encuentro que tenían. La estrategia estaba dando resultado hasta que uno de ellos comenzó a imaginar que el otro era un amante con quien había vivido días intensos de placer sexual últimamente, y que se enamoraba. El otro pensó que sería una imaginación temporal nada más y siguió perdiéndose en otros cuerpos imaginarios.

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El joven inventor estaba dándole los retoques a su último invento. Entre sus creaciones se encontraban genialidades como: el velero que no necesitaba viento, el juego sin ganadores, el catarseador portátil, entre otros. Pero ahora sus ambiciones habían ido mucho más allá. Su último invento le daría algo que toda la humanidad había estado buscando durante siglos, el secreto más preciado: la máquina de la vida eterna. Parecía ya lista. Conectó ese cable al otro, sujetó mejor esos tornillos, le dio un pequeño lustre final a la manivela con el codo de su camisa. Pero algo falló. La máquina solo dio un pequeño destello, un pequeño quejido de hierros y volvió a detenerse. Sumamente perturbado cambió algunas piezas de lugar, confundido revisó nuevamente sus planos, alteró alguna fórmula. Llevaba cuatro noches sin dormir tratando de descifrar la falla. Unas pequeñas canas comenzaron a percibirse entre sus cabellos, dos arrugas se delinearon en su ceño fruncido de rabia y cansancio, las uñas le crecieron varios centímetros, una prominente barba comenzó a caer de su mandíbula. Las noches sin dormir siguieron. Las canas se hicieron más abundantes, mientras en su piel comenzaron a surgir manchas oscuras y la carne fue haciéndose cada vez más blanda. Su cuerpo ahora curvo seguía luchando contra la resistencia de las tuercas que cada vez se hacían más difíciles de ajustar. Cansado y viejo, a la décima noche, el anciano inventor se dio por vencido. Ya era tarde. Había inventado una máquina que succionaba el tiempo.

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Ella durmió con él esa anoche. Como otras veces, se citaron sin mayores explicaciones, bebieron algo y tuvieron sexo, entre juego y una especie de timidez, cómplice. Se besaron, se acariciaron, durmieron abrazados. Se salvaron un poco. Si alguien los hubiera visto hasta habría pensado que existía algo entre ambos. Pero nadie sabía de ellos. En realidad, eran dos polizontes encontrados en una misma huida. Por eso quizás, cuando dormía con él, ella sentía que extrañaba a otra persona. Extrañaba a alguien que no sabía bien quien. Alguien que amó o amaría, alguien que quiso con locura o querría. Una persona que le evocaba felicidad sin saber bien por qué. Alguien que pudo estar en un lugar o esparcido en todas las personas que conoció o conocería. Extrañaba y sufría un poco, mientras él le estiraba la sábana y suavemente giraba dejándole su espalda. Por la mañana desayunaron juntos. Ella rió como siempre con sus comentarios de cualquier cosa y sus ojos apenas se despegaban. El dijo que se iba. Se despidieron con un abrazo. Una tristeza extraña la envolvió en su puerta. Lo vio bajando por esa calle que amanecía, pero siguió extrañando a otra persona.

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Estaba escuchando un disco de Jimmy Hendrix solo en su cuarto. La música envolvía el lugar y rebotaba con furia contra los muebles y el techo, resbalándose entre el humo y volviendo. En ese momento percibió ese sonido extraño, como de un estallido lejano, un latido grueso, lento y único. Que increíble ese efecto como de explosión en Purple Haze, nunca lo había notado antes, pensó. Segundos después, la ola expansiva alcanzó su casa.

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Eran las 20:35. Estaba viendo la televisión en su casa cuando de repente se le cruzo en la cabeza ese plato de milanesas con ensalada de arroz de su infancia. Se levantó y fue hasta el local del Palacio de las milanesas, a la vuelta de su cuadra. Se acercó al mostrador y preguntó si su madre trabajaba allí.

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Cuando hojeó el diario esa mañana y en la página de las exequias figuraba su nombre con un mensaje de sus familiares expresando el inmenso dolor por la pérdida e inclusive una foto suya, se sintió morir.


Por mí, A.P., acá

martes 6 de octubre de 2009

Una/Dos


La noche había sido, como tantas otras, de un tenso desvelo. Para ambas, el transcurso de todas esas horas arrastradas fue más que doloroso. El llanto picaba contenido en la garganta, pero hubiera sido todavía peor quebrar el silencio.
El día apareció por fin en la ventana. Una recibió la tenue luz en los ojos crispados, indefensos, pensando en por qué mierda todo, en cómo su vida se había convertido en aquel infierno.
La otra amaneció con ojos llenos rabia contenida. En esos ojos, también confusos, la ira se hacía sin embargo determinación. Ella no había elegido ese camino y por más que la vida la había empujado a ese laberinto del que no encontraba salida, no iba a soportarlo más.
Ambas se levantaron de la cama mareadas de sopor y angustia. Todavía retumbaban en el aire los gritos, los insultos; se enredaban en la cabeza las imágenes de miedo, todavía ardía en el rostro la marca púrpura de esa mano hostil.
Caminaron silenciosamente por el cuarto, moviéndose como fantasmas en la pesada penumbra. A su alrededor, los rastros de la noche: ropas desparramadas, una botella de whisky, pedazos de dolor por todas partes.
Se vistieron en silencio y salieron, y mientras iban a través de toda esa ciudad, a través de toda esa gente que las veía y no podía -ni podría- reconocerlas como una y otra, ambas sentían como sus historias se cruzaban y fundían. Se confundían las lágrimas en las mismas mejillas. Las manos de una eran las manos de la otra.
A veces la realidad tiene esos giros. Tantas vidas que se cruzan allí afuera. Tantas vidas en una sola y esas multiplicadas haciendo miles más. Si no, cómo explicar las horas posteriores, en que seres desconocidos se encuentran, se desdoblan y se unen en uno solo, en dos. Se comprenden y no. Se guían o simplemente se empujan.
Cómo explicar si no es por esos giros que, horas después, ambas, juntas, estuvieran retrocediendo las mismas calles, subiendo nuevamente las mismas escaleras hacia el 4 A, al mismo tiempo; que hayan cruzado juntas la sala hasta el armario, hasta la caja donde él guardaba aquel revolver.
Ambas tomaron el arma y se dirigieron silenciosamente al dormitorio, asfixiado aun de alcohol. En el medio del cuarto, sobre la cama, él seguía durmiendo pesadamente boca abajo.
Una trató inútilmente de detener a la otra en aquel momento, trató de hacerlo hasta el último instante. Pero ya era tarde. Apuntaron hacia la cama y tiraron del gatillo, una, otra, otra y otra vez.
De los cuatro disparos, tres dieron en la espalda del hombre en la cama; la última bala quedó incrustada en la pared del dormitorio, por sobre la cabecera de la cama. Muda pista de una última disputa, de un forcejeo entre dos. Una lucha de la cual nadie se percataría. Una pista que no diría mucho que hablar y que simplemente figuraría en los registros policiales como un temblor en el pulso de la mano asesina.
Una limpió torpemente las huellas del revolver y pensó en huir del lugar en ese mismo momento. Pero no pudo. La otra había quedado allí, arrodillada, clavándola a ella también al piso, mirando a la cama inerte.
A.P.

sábado 29 de agosto de 2009

Del archivo (de esas cosas que uno a veces escribe)


Llueve
Este el sitio más solitario del mundo esta noche
y es dos veces solo cada vez que llueve
y no estás
Aquí el silencio pide tu boca fresca
y las sábanas repiten mil veces tus pechos desnudos
El tiempo se derrama de a poco
El reloj cuenta, cansado,
las horas de tu improbable retorno
Dos sillas esperan en mi balcón
mediterráneo sin tus costas

Llueve,
como todas las lágrimas del mundo,
y en los charcos que se forman
se ahogan tres preguntas:
¿Cómo hago de esta puerta
unos versos para dártelos?
¿Cómo hago de esta silla
una canción con tu nombre?
¿Cómo hago de estas cortinas viejas
el mejor de tus vestidos?

Quisiera con unos de esos rayos
sacarte de esta órbita,
salir y enjuagarme desnudo de todo,
pero miro a la calle
y afuera todo es zumbido que pregunta por vos.
ap


Tengo
tengo un te quiero entre dientes
esperando escapar a vos
aguardando ser pulso
proyectil
y quebrar cristales y silencios

prisionero de toda una tarde
mi te quiero solo quiere verte
clavarse en tus oídos
salir disparado
entre signos de admiración y flores

quiere ir volando vivo
mariposa de susurro
y abrirse camino entre tus cabellos
llegarte
quemar en el aire la distancia hasta tu piel

hay un te quiero mirando a tu nuca
hirviendo mucho en la boca
quemando las encías

hay un te quiero filoso que clava y brilla
lagrimea cuando suena
y se abre en manos

hay un te quiero que ya no aguanta
rebosa los labios y se derrama
catarata de sueños y peces
caricia de agua
cae en tus oídos caracoles y se pierde dentro tuyo

pasea jubiloso en tu cuerpo
autopista, recipiente de mi amor
moja tu corazón, lo envuelve y dice:
te quiero
te besa los párpados, te deja dormida
ap


Paremos el tiempo
¿te das cuenta que somos nosotros
los que estiramos el día?
cuando pisamos
con los párpados
cuando alargamos la mirada
sobre alguna calle

y el día viene
nos pasa, nos roba
y se escapa
saltando los edificios

paremos el tiempo
dalena
no hagamos pie hoy
dejemos que escapen
esos locos segunderos

quedate acá nomás
en los hombros
quedate así
quieta horizontal, hermosa y húmeda

y sonreí
mientras te escribo en la espalda
verbos sin tiempo

veremos luego, si
luego veremos
qué hacemos con las horas
cuando nunca amanezca


La luz
Te vi, justo cuando levantaba la mirada te vi.

Venías por ese pasillo con tus pecas. Tus pecas jugando en tu rostro sobre tu sonrisa. Y yo justo levantaba la vista, y te vi. Y recordé que te había visto y no recordaba. Pero eso no importaba, porque te vi, y fue como esas veces que por primera vez ves algo que querías ver.

Te vi un ratito, minutos, quizás, y sentí que te vi por más tiempo que a toda esa gente que vi mucho tiempo más por esos días.

Y luego no te vi mas. Pero me quedé en esa mirada, donde se prendió algo solito. Y ahí quedó, con la lucecita encendida, como el stand by de la tele cuando la apagas con el control remoto. Fue como si me hubieras prendido y llevado el control contigo.

Venía con la mirada baja, en la oscuridad de otras cosas. Con el amor apagado.

Y te vi, justo cuando levanté la mirada, y ahora mi amor es como una luz que se prende.
ap

lunes 29 de junio de 2009

Esos círculos viciados de nuestra historia política



Por Arturo Peña

“Después de la guerra casi toda la superficie del país que dejó de ser ocupada, entró en el dominio público. Dueño de esta propiedad nacional, el Gobierno la puso en venta a tanto la legua cuadrada, según el valor de las tierras y la proximidad de los mercados. Los especuladores argentinos, ingleses y norteamericanos se echaron sobre la presa, sin respetar siquiera las pequeñas porciones donde las familias guaraníes cultivaban el suelo de generación en generación, sin que hubieran tenido jamás necesidad de hacer constar sus títulos de propiedad; se formaron sindicatos de compradores, que adquirieron las tierras por decenas y por centenas de miles de hectáreas a fin de revenderlas por el duplo de su valor; un solo concesionario acaparó varios miles de kilómetros cuadrados. En pocos años los vastos desiertos fueron adjudicados a propietarios ausentes, y en adelante, ningún campesino paraguayo podrá cavar el suelo de la patria sin pagar renta a los banqueros de Nueva York, Londres o Ámsterdam…”.
Así describía el historiador y geógrafo francés Eliseo Reclus (1830-1905), en su Nueva Geografía Universal, la situación de la tierra en la pos guerra del 70 en el Paraguay.
La guerra de la Triple Alianza (1865-1870), que enfrentó al Paraguay contra los ejércitos unidos de Brasil, Argentina y Uruguay, tuvo efectos devastadores para nuestro país. El conflicto -que el historiador brasilero José Luis Chiavenato bautizó como el “Genocidio americano”-, acabó con más de la mitad de la población paraguaya, con una mortandad masculina de cerca del 90%; generó la pérdida de territorio anexado arbitrariamente por Brasil y Argentina, y el corte abrupto de un proceso de desarrollo hacia un sitial de preponderancia en la región. Sin embargo, según reseña el historiador Manuel Domínguez: “A la conclusión de la guerra el gobierno era todavía poderoso. Poseía inmensas zonas de tierra que, bien distribuidas, hubieran realizado el suelo de los sociólogos; pero las vendió a vil precio, dejando sin hogar a la mayor parte de nuestros compatriotas”.
Las citas de Reclus y Domínguez hacen referencia al proceso de enajenación masiva de tierras llevado adelante a la finalización la guerra, impulsado por el entonces presidente, general Bernardino Caballero, ex combatiente del ejército paraguayo y posterior fundador de la Asociación Nacional Republicana.
Con el pretexto de revitalizar la destrozada economía paraguaya, el Ejecutivo sancionó la ley del 2 de octubre de 1883, que autorizaba al gobierno a la venta de tierras públicas –y posteriormente la de julio de 1885, que ampliaba sus alcances-, marcando desde ese momento un nuevo periodo en la historia de la tierra en el Paraguay. Para lograr el balance de la economía, señalaba Caballero, era necesario recurrir “a la fuente principal de recursos de que puede hacerse uso, con beneficio a la vez de los intereses generales”. Esto era, la enajenación masiva de tierras.
Afirma al respecto Carlos Pastore en su fundamental obra La lucha por la tierra en el Paraguay: “Una gran parte de las tierras públicas serían vendidas en perjuicio de los pobladores de las mismas, agricultores, pequeños y medianos productores de ganados, e industriales yerbateros y forestales, en su gran mayoría de nacionalidad paraguaya. Y los compradores no serían agricultores o pioneros que venían al Paraguay con el propósito de afincarse definitivamente en su territorio. Eran representantes del capitalismo internacional o simples especuladores en tierras, atraídos por los bajos precios de las tierras del Paraguay en relación con las de los países vecinos”. Y agrega: “Evidentemente, existía una oposición entre el deseo manifiesto del Presidente de dar un impulso a la agricultura y su propósito de vender las tierras de los agricultores y dejar a la población sin el contralor de las fuentes de la riqueza nacional”.
Del proceso de enajenación de tierras se desprenden varios acontecimientos nefastos. Por citar alguno, se puede mencionar el nombre de Carlos Casado de Alisal, quien adquirió “tres mil leguas cuadradas en el Chaco”, según apunta Pastore. La riqueza yerbatera del Paraguay pasó a mano de unas 45 empresas, en su mayoría de capital extranjero. Una de estas era La Industrial Paraguaya SA, fundada en 1886, que compró, según refiere Pastore, “no menos de 855.000 hectáreas de yerbatal natural y un total de 2.647.727 hectáreas de tierras. Su capital inicial de 1.000.000 de pesos dio en dos lustros beneficios igual a cinco veces el capital invertido y el reparto gratuito de acciones”. Entre los fundadores de esa sociedad empresarial figura, llamativamente, el general Bernardino Caballero.
La venta de tierras produjo, antes que un equilibrio presupuestario, la pérdida del control de las fuentes de producción de riquezas, la perdida de campos comunales, de bosques reservados para el uso común y la caída de industrias yerbateras y madereras del Estado a manos del capital extranjero. “La ganadería extensiva desplazó a la agricultura y provocó el éxodo de la población rural. La gran propiedad desalojó a los campesinos”, agrega Pastore.
Las consecuencias de la guerra, así como del manejo especulativo de la política de tierras durante la posguerra, se instalaron en el país y hasta hoy sentimos sus efectos. Si no estuviera contextualizado, el anterior párrafo podría perfectamente adecuarse a nuestra realidad. Y así lo refleja el Censo Agrario 2008, que confirma que “el 85% de las tierras agrícolas está en manos del 2,6 de los propietarios del país. El proceso de concentración provocó la desaparición de 366.000 Ha. pertenecientes a pequeños y medianos productores, acelerando la destrucción de la producción agrícola familiar. Los grandes propietarios aumentaron sus tierras en 9 millones de Ha. La consecuencia es un territorio rural sin campesinos”, según analiza una publicación del periódico E’a de mayo pasado.

La otra mitad del círculo

Motivo de polémica en Argentina fue recientemente el rebautismo, por orden de la presidente Cristina Fernández, de un regimiento militar con el nombre de Mariscal Francisco Solano López. La prensa liberal, encabezada por el diario argentino La Nación, atacó duramente la medida. No era de esperarse menos, teniendo en cuenta que el citado medio fue fundado por Bartolomé Mitre para defender sus intereses a mediados del 1800.
A esta reacción se sumó también una carta enviada a La Nación de Argentina –y publicada en el mismo- por el senador nacional, el liberal Alfredo Luis Jaeggli. La misiva decía, entre otras reflexiones: “Me llamaron la atención las declaraciones de la Presidenta argentina, en las que concluye que la Guerra de la Triple Alianza debería llamarse la de la «Triple Traición»”.
“¿Cómo ha podido la Presidenta llamar traidores a héroes como Bartolomé Mitre o Domingo Sarmiento o a los miles de argentinos que murieron en esa guerra que jamás se hubiera dispuesto si al Paraguay lo hubiera gobernado un presidente democrático?”.
Si, Jaeggli hace referencia en su carta al mismo Domingo Sarmiento que en una carta enviada al entonces presidente argentino Mitre, afirmaba: "Estamos por dudar de que exista el Paraguay. Descendientes de razas guaraníes, indios salvajes y esclavos que obran por instinto a falta de razón. En ellos se perpetúa la barbarie primitiva y colonial. Son unos perros ignorantes de los cuales ya han muerto ciento cincuenta mil..”. Y al mismo Bartolomé Mitre que afirmaba en esa época: “Cuando nuestros guerreros vuelvan de su campaña, podrá el comercio ver inscripto en sus banderas victoriosas los grandes principios que los apóstoles del libre cambio han proclamado”.
Alfredo Luis Jaeggli es de hecho uno de los mayores exponentes del neoliberalismo en nuestro país, desde su cubil en el Congreso Nacional, donde se perpetúa como parlamentario, justamente, gracias a los milagros de la economía liberal.
Jaeggli fue en uno de los mayores propulsores de acciones más duras contra las ocupaciones de tierras emprendidas por los movimientos campesinos en lucha por la tierra, en defensa de lo que para él es el derecho fundamental: el de la propiedad privada. “Deteniendo a uno o dos dirigentes campesinos que amenazan con invasiones, termina el problema”, sentenciaba Jaeggli en una radio local hace unos meses.
En abril del 2006 se daba entrada en el Congreso al proyecto de ley “Que establece la obligatoriedad de la titulación de los inmuebles objetos de la reforma agraria, y la gratuidad por única vez, en la expedición de los mismos”, impulsado por Jaeggli y firmado también por los entonces senadores Eusebio Ramón Ayala, Cándido Vera Bejarano y Paulo Reichardt. El “proyecto Jaeggli” pretendía la titulación de todos los inmuebles a quienes hayan recibido tierras en el marco de la reforma agraria. Un objetivo loable, en su semántica, pero que sin embargo guardaba otros fines en su contenido. La intención era –al momento de desechar el concepto de las tierras comunitarias, como en caso de los asentamientos campesino- dejar abierta la posibilidad de que cada titular pudiera vender a voluntad su tierra al mejor postor. Ante la amenaza del avance de los monocultivos, que asedian a las comunidades campesinas hasta asfixiarlas en agrotóxicos, esta ley sería como un pase libre para la agroempresa, que, aprovechando las necesidades del pueblo, podría comprar fácilmente tierras a precios ínfimos con dinero que significaría un salvavidas para el desesperado campesino vendedor. La ley también podría permitir la legalización inmediata de miles de hectáreas de tierras mal habidas.
“¡Pero el Estado es tan maldito acaso, que le tiene que obligar, que tiene que destinar a un agricultor a que no se mueva!, y no permitirle que venda su propiedad para que no venga a la ciudad, pero, ¿dónde está la libertad del ciudadano?, pero si ese es el rol del Estado, darle una propiedad lejos, para que no se acerque a la ciudad, ¡eso es una esclavitud!, es un asco, vamos a darle la libertad, que si quiere venir a la ciudad a ser músico, o a ser futbolista, que ahora está de moda, que sea, y teniendo esa propiedad, va a ser comprada y si quiere quedarse que haga productiva esa tierra”, justificaba Jaeggli en una entrevista en esos días. Bajo esta lógica, podríamos tener en este momento la orquesta más numerosa y la liga de fútbol más grande –en cantidad de jugadores- del mundo.
A este prontuario podemos agregar el reciente caso que involucró al senador liberal en una aparente venta fraudulenta de tierras ilegales al Estado.

Círculos imperfectos

La venta de las tierras públicas tras la guerra del 70 fue un factor determinante para la aglutinación de líderes y pensadores para la conformación de los partidos tradicionales, Colorado y Liberal. Es casi irónico pensar hoy que la creación del Partido Liberal, bajo el ideario de Juan de la Cruz Ayala, tuvo como uno de sus puntales la defensa de los compatriotas despojados de sus tierras por las leyes de enajenación impuestas por Bernardino Caballero. “La organización de una asociación política –señalaba Ayala en el texto del acta fundacional del Centro Democrático, posteriormente Partido Liberal- indica la existencia de un malestar general que no pueden remediar fuerzas aisladas”. Mismos ideales fueron defendidos por otras prominentes figuras de nuestra política, como Eligio Ayala.
Hoy tenemos al senador Jaeggli –y otros del mismo talante- pidiendo represión a los campesinos y liberación de Internet.
Las vueltas de nuestra historia política son así.
¿Y dónde cierra este círculo viciado en particular? Alfredo Luis Jaeggli Caballero, es hijo de la señora Sergia Elena Caballero, sobrina del fundador del Partido Colorado, general Bernardino Caballero.

jueves 18 de junio de 2009

Flores rojas (un cuentito de hace un tiempo ya..)


Publicado en el Jacare Digital
Por Arturo Peña
Ilustración: Charles Da Ponte


FLORES ROJAS


Despertó de golpe, abriendo inmensamente los ojos a la oscuridad. Se descubrió apretando fuerte las sábanas, como si en ese último instante, antes de saltar de forma abrupta al mundo, se hubiera sentido caer de la cama al techo. Era el sueño nuevamente, como una infección onírica que no terminaba de desaparecer.
Encendió la luz y respiró hondo durante unos segundos, tratando quizás que en cada exhalación, la imagen del sueño saliera lentamente con el aliento de su cuerpo.

(Te vi enredada en un sueño

destello de luz

Tus ojos certeros en mi frente

como un tatuaje de ausencia

Traías las flores rojas

y tantos dedos apuntando hacia mí)


Todavía faltaba para el amanecer. Apagó la luz. No ver nada, no verse, era como escapar del mundo y hasta de sí mismo.
Pasó un tiempo inmedible mientras la luz de la mañana se fue haciendo clara tras las cortinas. Ya podía ver de a poco el entramado de vigas del techo, ya podía ver sus pies saliendo por debajo de la sábana. La oscuridad lo fue abandonando lentamente, hasta dejarlo de nuevo consigo.
Se incorporó pesadamente y sentado al borde de la cama meditó sobre nada por unos minutos. Hurgó con sus dedos en su cabellera desparramada, como buscando alguna idea para arrancar la jornada, en la amarilla antesala del nuevo día, que comenzaba a levantarse tras los edificios.
El amanecer le traía recuerdos encontrados, mezclados con los de aquellas mañanas en que despertaba con ella, admirando cómo sus hombros todavía dormidos se iban iluminando de a poco. Al levantarse ella solía envolverse con las sábanas para salir de la cama, como si estar de pie aumentara su desnudez, haciendo que una niña saliera de sus formas de mujer para defender un inocente pudor tardío.
De esas mañanas tenía papeles y papeles escritos, que ella juntaba en una carpeta roja.
Pero eso no fue suficiente.


(Desperté

y la mañana había llegado

para llevarte

Quise alcanzarte, pero ya era tarde

el tiempo se había abierto

como un abismo frío y hambriento)

Encendió la tele y salió del dormitorio, dejando al hombre del informativo matinal hablando solo. Se encontró parado en medio de la pequeña sala y en algún segundo intentó ordenar todo ese caos con un simple pase de mirada. No resultó. Los diarios viejos seguían allí, el mismo polvo sobre los muebles, los mismos demonios de humedad jugando en las paredes.
Se vistió lento, como si sus ropas pesaran todos los años que tenían. Entró a la cocina y preparó café. La imagen del sueño le volvió en ese instante.
Se lanzó a las fauces del cotidiano y un quejido de bisagras le dijo adiós al salir.
Todas las puertas del piso sonaban igual: puertas que se quejaban de tanto estar entre el abrir y el cerrar. A veces se mantenía en silencio por largos minutos, en la oscuridad del dormitorio, atento a algún rechinar, como en una especie de ruleta rusa.
Ya en el mundo, caminó las cuadras de siempre, hasta la misma parada de todos los años, los mismos minutos, los automóviles, los vendedores, y el bus que lo llevaba al trabajo; el mismo que lo traía de vuelta, por las mismas calles, los mismos autos, a las mismas cuadras de vendedores, pero ya con sus sombras que se estiraban con el atardecer.
El quejido de la puerta ahora lo recibía.
Al llegar soltó sus cosas y buscó relajarse unos segundos sentado a la mesa de la cocina. Bebió un poco de café y recordó que esa mañana, en ese mismo lugar, había recordado el sueño que sabía lo volvería a visitar esa noche.


(Escapar de aquí, al olvido

¿cómo?

Quizás hecho estallido

ruido que se disuelva en silencio

O en flores rojas

marchitándose en los azulejos del baño)


Un enorme sentimiento de soledad lo asaltó en ese momento. Se levantó y fue hacia el baño. Un quejido de bisagras, como un estallido, se escuchó haciendo eco en el silencio del pasillo.